Ser visto es parte de existir

Cuando nacemos pasamos la mayoría del tiempo bajo el cuidado de alguien más, lloramos para decir que tenemos hambre, lloramos para decir que tenemos malestar, lloramos para decir que estamos cansados, y lloramos cuando estamos solos por mucho tiempo. Es una etapa en la que lloramos mucho. Desde pequeños estamos acostumbrados a que alguien nos vea, nos cuide y conteste a nuestras necesidades. Esto es de gran importancia para nuestra supervivencia, claro está, pero también para que podamos validar el hecho de que existimos para alguien por fuera de nosotros. Separar el mundo externo de nosotros mismos, saber dónde comienza y termina nuestro cuerpo es una tarea muy importante para todos cuando somos bebés, y el reconocer al otro como aquel que no soy yo es igual de importante. Este reconocimiento mutuo es la base para el establecimiento de la subjetividad, de la autonomía, de la persona, ya que al verme como alguien separado de los demás puedo pensar, actuar y comunicarme de manera diferente a los demás. Ser visto no es lo mismo que ser observado. Ser visto implica un reconocimiento de mí como persona, mientras que ser observado tiene un objetivo de vigilancia y de seguimiento. Entonces ¿qué ocurre cuando no somos vistos?

La invisibilidad se encuentra en diferentes ámbitos, como lo es en el caso social con las minorías y los migrantes, en lo funcional serían las personas que trabajan “detrás del telón, y en lo emocional esto encapsularía a las personas que perciben que no reciben un reconocimiento por el rol que tienen dentro de los sistemas a los que pertenecen. El no ser visto usualmente lleva a que la persona genere la sensación de no existir o de no importar, llevando a desarrollar sentimientos de soledad y usualmente un incremento de ansiedad, depresión y desesperanza. Cuando nadie atestigua el dolor que se sufre, este se cronifica. Simultáneamente, la invisibilidad hace que incrementen los silencios, y estos solo aumentan la invisibilidad, generando un círculo vicioso del cual es muy difícil escapar. Resultaría necesario entonces apoyar y fomentar la visibilización al otro, y que otros nos vean a nosotros.

Las maneras en las que podemos ver a los otros son múltiples, y lo más probable es que sean prácticas que ya utilizamos. Cosas como la escucha activa, reconocer las experiencias de los otros y prestar espacios en los que no se juzgue al otro son herramientas que se pueden aplicar en lo personal, mientras que para los espacios grupales está la presencia de actos como rituales, grupos de apoyo y redes comunitarias que le permiten a las personas contar experiencias específicas que probablemente no se sientan cómodas compartiendo con amigos o familia. El punto central en estas estrategias es que se genere un espacio para la persona en la que sienta reconocimiento por sus vivencias, que le sea posible comunicarlas y que sean escuchadas, porque hay algo muy poderoso en saber que hay otro con el que se pueden compartir las experiencias íntimas o dolorosas. La comunicación y el externalizar lo que tenemos dentro es muy poderoso, pero no hay nada como compartir el mundo interno con alguien más.

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