Las Velas no son para la virgen
Cada 7 de diciembre mi familia, como muchas otras, se reúne para prender velas y comer buñuelos. En una época tan llena de celebraciones como lo es diciembre, el día de las velitas me parece que ha sido el [que] más ha mantenido la esencia de pasar en familia y gozar de la compañía de los otros de la manera más genuina. No hay una fiesta, no se reparten regalos, no hay nada especial en este día más allá de la costumbre de sentarse en el suelo, organizar unas tablas para que no se riegue la cera y ver cómo las velas se van consumiendo con el pasar de la noche. Históricamente, el día de las velitas es una festividad para honrar la Inmaculada Concepción de la Virgen María, pero para mí este nunca ha sido un día religioso, sino un día de tradición.
Hago la diferencia entre religión y tradición ya que estos dos elementos suelen estar relacionados, pero no por ello son sinónimos. La religión es tradición, pero hay tradiciones por fuera del ámbito religioso. Este año, prendiendo las velas lejos de casa, alguien me recordó que la fiesta se celebra por la Virgen, cosa que yo sabía, pero [que] no tenía presente hace muchos años. Prendo las velas sin una intención de adulación; cada año las prendo rodeado de familia, con deseos para el futuro en el aire y con la idea de hacer una bola de cera con las velas a medida que se van derritiendo. Sigo prendiendo velas y probablemente siga prendiéndolas por muchos años más ya que son una parte de casa que siempre llevaré conmigo, sin importar qué tan lejos esté.
Seguir este tipo de tradiciones tiene una función muy importante para mantener el contacto con los grupos a los que pertenecemos, en este caso la familia, pero cualquier tradición busca cumplir este mismo objetivo. Las tradiciones sirven para hacernos parte de los grupos a los que decimos pertenecer. Llevar a cabo tradiciones es, en gran medida, una actividad de identidad, de sentir que hacemos parte y que estamos en conexión con los otros integrantes. Y así como con el tiempo los grupos van cambiando, las tradiciones también pueden cambiar para adaptarse a las nuevas realidades que viven las personas.
Todos tenemos el deseo de sentir que pertenecemos, que hacemos parte de algo más grande que nosotros, y en una época como la Navidad está la posibilidad de sentir esa pertenencia de una manera maravillosa, o, por el otro lado, sentir ese vacío mucho más vívido. Quizá por eso sigo prendiendo velas cada 7 de diciembre. No por lo que representan, sino por lo que me devuelven: la sensación de estar acompañado, de pertenecer, de saber que hubo y hay un lugar al que se puede volver.